8 de marzo de 2010

Una noche...

(retratos sin rimas de pequeños momentos...)






Siénteme aquí, en esta oscuridad
besándote,
haciendo uno solo los silencios
y tú… sonriéndote…
cambiando cansancio por más tiempo,
y yo… bordeándote…
escribiendo mis palabras en tu piel…

La penumbra nos llega tímida…
(es el oculto sol que nos mira en esta noche
a través de la luna…)
y tú… amándome…

Tú le das pinceladas de luz
a esta habitación sombría,
sí, tú,
con blanca estela tras los movimientos,
y yo… sonriéndome…

Voy bajando a mi boca tu beso altivo,
tu noche luminosa,
tu paz primera,
y tú… envolviéndome…

Marcamos en la noche nuestro territorio,
tenemos vida en los labios
y una aturdida fantasía
que llena el aire…
de poesía…



Diego

Derechos Reservados
Safe Creative #1003085711693

Dulce Jesús bueno

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.


Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere
veré mil jardines.
Flor de serafines,
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.


No quiero contento,
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
tu amor y deseo.
Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.


Santa Teresa de Jesús

A Cristo crucificado

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido:
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera;
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera


Anónimo

5 de marzo de 2010

¡Qué mas decirte!


Déjame que te cuente ese día que nos miramos con los verdaderos ojos del corazón, déjame decirte que este hombre que te habla no conoció jamás el amor de una mujer como vos, porque antes la sinceridad era una utopía, el silencio era un momento dormido, el poema era superficial...
Ese día que nos miramos así se derribó mi teoría de la vida, la sensación de agonía en un atardecer, la intranquila paz del horizonte...
Ese día que nos miramos así descubrí el arte de lo inesperado, el movimiento constante del amor en mi pecho... la gota de agua limpia en un pantano...
¡Qué mas decirte!
Hoy, antes que muera el sol vuelvo a decir: ¡Te Amo!
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.